En Bariloche estrenaron documental “MANKE WENU LAFKEN” (Un cóndor en el cañaveral)

El documental narra la historia de la comunidad mapuche Millalonco Ranquehue a través de la vida de tres generaciones de mujeres. Obra de Marta Bautis, hoy se vuelve a proyectar desde las 18 en el aula magna del CRUB. Un jirón importante de historia barilochense.

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Imagen: Doña Silvia, en el debate de la sala Chonek

Por Adrian Moyano – Fuente: El Cordillerano – avkinpivkemapu

La solidez de los testimonios, el considerable carisma de las principales protagonistas y la densidad de la historia que se narra, se conjugan para sostener la trama de “El cóndor en el cañaveral”, el documental que la realizadora Marta Bautis dio a conocer el último jueves en la sala “Chonek” del Museo de la Patagonia. La película reconstruye el prolongado conflicto que involuntariamente sostiene la comunidad mapuche Millalonco Ranquehue con el Ejército argentino, por las tierras cercanas al paraje que actualmente se conoce como Virgen de las Nieves.

Seguramente esos campos reconocían otras denominaciones cuando los mayores de los Ranquehue allí arribaron, a fines del siglo XIX. El film se basa en los recuerdos y vivencias de tres generaciones de mujeres: Silvia Millalonco, Marta Ranquehue y Laura Ranquehue, nervios motores en el presente de las familias que se agrupan en la comunidad. En los primeros momentos del documental, la realizadora interviene y en primera persona sostiene que en Buenos Aires, le contaron la historia de una mujer que en la cordillera nunca pudieron desalojar y que con ánimo de documentar esa existencia aguerrida, enfilaría hacia Bariloche.

Bautis reside habitualmente en Estados Unidos pero periódicamente visita la región y mantiene una relación de amistad con Darío Duch, quien precisamente oficia hace años como abogado de los mapuches. Con anterioridad a “El cóndor en el cañaveral”, había rodado “Sarayaku. Ríos de maíz”, otro testimonio de resistencia indígena, en este caso, ante los intentos de avance de una petrolera en el corazón del Amazonas.

Salvo que se elija vivir distraído o quizá para algún recién llegado, la historia de los Ranquehue es relativamente conocida en Bariloche: viven a la izquierda del camino hacia lago Gutiérrez (en dirección a Villa Los Coihues) hace más de un siglo, pero cuando en 1934 se instaló la unidad que hoy se denomina Escuela Militar de Montaña empezaron los problemas. El documental se encarga de recordarnos que fueron ocho los juicios por desalojo que el Estado argentino entabló contra los mapuches, pero también puntualiza que los lanzamientos jamás pudieron efectivizarse precisamente por la tenaz resistencia que supo ofrecer doña Silvia, madre de Marta y abuela de Laura.

Juegos de guerra

Las cosas se tornaron particularmente graves después de 1976, en coincidencia con la última dictadura militar. Los uniformados tomaron por costumbre utilizar las tierras de los Ranquehue como polígono de tiro y en más de una ocasión, para el adiestramiento de la artillería. No hace falta recrear fábulas: bajo la guía de la joven Laura, la cámara detiene su mirada en el corazón de árboles muertos hace tiempo, que todavía sufren en su interior cápsulas de proyectiles.

No es la única huella que quedó en el bosque de aquellos tiempos aciagos… Sobran los tocones de cipreses añosos que en su momento, fueron leña para el cuartel. “Acá hicieron deforestación”, acusan los protagonistas de la película y una vez más, las pruebas se hacen imagen. En el hermoso bosque que todavía resiste en la ladera oeste del cerro Otto, abundan las heridas, los atentados contra la vida.

Como decíamos más arriba, las trayectorias vitales de los Ranquehue más o menos se conocen en esta ciudad. Pero menos difundido está el destino de basural que durante los tiempos de la impunidad, otorgaron los militares al predio en disputa. La cámara reproduce la persistencia de centenares de envases oxidados que todavía se desperdigan entre el verdor. “El Ejército traía los residuos del Centro Atómico. Eran montañas, nosotros cuando éramos chicos jugábamos en esas montañas”, apunta Laura en la película. Después, en el intercambio que siguió a la función propiamente dicha, Marta señaló que en una ocasión la comunidad se dispuso a terminar con esos basurales pero que su magnitud era tan considerable, que nunca pudieron con la tarea. Es más, adelantó que está en sus planes exigir al Centro Atómico Bariloche que se haga carga de la limpieza de esos espacios territoriales. Si efectivamente tales residuos allí se originaron, correspondería.

La persistente obstinación de Silvia, la dolorosa partida de Marta cuando decidió abandonar el territorio comunitario y la vitalidad presente de Laura, concatenan una historia que emociona por su carácter dramático y por la continuidad de la injusticia. Pero también entusiasma por la sencilla determinación de las mujeres que hoy son parte muy activa del movimiento mapuche. No obstante, las mayores admiten: “cuando nosotros nos parábamos frente a los milicos, lo hacíamos porque éramos de acá. ¿Cómo nos iban a sacar? Nosotros somos de acá”, latiguean los testimonios. Tan lejos de complicaciones intelectuales como contundente en sus consecuencias. Y allí están los Millalonco Ranquehue, inseparables del Wenu Lafken (denominación mapuche del cerro Otto). Imposible imaginarlos de otra manera.

Otro Bariloche es posible

La cámara de Marta Bautis se detiene con generosidad en varios aspectos de la vida cotidiana de los Ranquehue: asados, guitarreadas, curantos… Al regresar al espacio territorial de la comunidad hace unos cuatro o cinco años, Marta Ranquehue impulsó la recuperación de las prácticas agrícolas y ganaderas en sus campos cercanos al bosque y como la película se rodó en verano, conmueve por el verde enérgico de las plantaciones y la convivencia no muy problemática entre porcinos y unos pocos chivos.

Parte de la familia atiende entre diciembre y febrero un puesto en la Feria de Horticultores Nahuel Huapi, emprendimiento que en el último lustro experimentó un crecimiento considerable y que echa por la borda con una idea errónea: en Bariloche no se pueden producir alimentos. “Cuando desalojaron a mi abuelo, había ochenta vacunos”, recordó Marta en el intercambio que siguió a la finalización de la película. “Había chivos, había caballos… ¿Qué pasó con todo eso?”, inquirió. “¿Deberían compensarnos, no?”, inquirió su madre.

Sería de estricta justicia, sobre todo si se tiene en cuenta que fue en nombre de una repartición estatal que se cometió ese atropello. Pero además e indirectamente, el film trae a cuenta retazos de otro Bariloche, aquel donde su gente mantenía una relación íntima con la tierra, de donde obtenía su sustento y en consecuencia, prodigaba respeto. Fisonomía que el mono-modelo turístico se encargó de sepultar paulatinamente aunque como está a la vista, no pudo del todo.

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